El medio es el mensaje

Queremos ser entendidos en todo y no necesitamos saber de nada porque todo lo que deberíamos saber está a un click en Internet. Queremos que se nos oiga en las redes sociales (¡nuestro derecho a expresarnos!), como si nuestras opiniones tuvieran un peso definitivo, como si todas las opiniones valieran lo mismo por la simple (de "simplismo") razón de que todas las personas somos iguales y todas las opiniones, por tanto, respetables y dignas de atención; confundimos el derecho propio con la obligación de los demás. Sí, no cabe duda: queremos tener voz propia y que sea, al mismo tiempo, la voz de todos. La Voz del Pueblo expresada a través de la tarifa plana. No necesitamos formación ni información, ni filtros de personas expertas que separen la paja del grano, la bobada de la opinión fundamentada, la puerilidad de la reflexión contrastada con criterios solventes.

El medio es el mensaje. Reivindicamos nuestro derecho a escribir libros de todo género: ensayo, narrativa, poesía, memorias... y colgarlos en la red tal cual, tan auténticamente prescindibles como cuando fueron concebidos, con la misma urgencia y tosquedad con que fueron redactados, con el mismo vacío de contenidos con que osamos ponerlos "al alcance del mundo". Detestamos a los editores, los correctores, los profesionales del gremio, porque son un incordio y a veces un obstáculo para nuestra libérrima expresión. Somos como aquel poeta alucinado que escribía sus ocurrencias en las servilletas de los bares y defendía con el vigor de la ginebra que su arte era muy valioso porque también era auténtico. Quizás, no lo niego, los habrá más cautos, un poco más prudentes: los que lanzan sus libroides en las plataformas digitales siendo conscientes de su poca sustancia pero con una esperanza remota: puede que cuele; total, tantos libros infumables han tenido éxito en el transcurso de las últimas décadas que uno más no sería nada extraño.

Queremos el derecho a quererlo todo y a intentarlo todo. A ser jueces de todo. A criticarlo todo y decidirlo todo. Eso es democracia. Eso es la cultura democratizada. Pero después nos quejamos de que nuestros políticos sean unos chapuzas y nuestra cultura, por lo general, una basura. Nos reímos de que hayan nombrado ministro de cultura a un periodista tertuliano de programas de cotilleo, sin reparar en que un tertuliano de programas de cotilleo es a lo más que puede aspirar la irrelevancia de nuestra amada cultura de las masas. Un roto para un descosido.

Buenos días.
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About Actas de noviembre

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