Autoedición, autopromoción… Así funciona ahora el mercado editorial

Voy a ser muy claro porque este asunto requiere eso mismo, franqueza y llaneza desde el principio.

Hace quince, veinte años, un autor convencía a una editorial para que le publicasen su libro y, una vez convenientemente corregido y entregado el manuscrito, la editorial se encargaba de todo: distribución por supuesto, envíos promocionales, prensa, desplazamientos… La editorial se convertía en una especie de agente de comunicación y promotor de ventas, y el autor, aparte de haber cobrado un anticipo de derechos que solía ser bastante jugoso, iba en volandas: con avión, manteles y hoteles pagados.

Eso sucedía hace veinte años. No es momento de analizar las causas del fenómeno pero, como todo el mundo sabe, el panorama ha cambiado radicalmente. Hoy en día, los anticipos sobre derechos de autor suelen ser simbólicos en el mejor de los casos —lo cierto es que en la inmensa mayoría de los contratos no se contempla—; y los gastos de promoción de la obra corren por cuenta del autor. Conozco a escritores que han conseguido vender bastantes miles de ejemplares de su última novela, aunque a costa de gastar miles de euros en viajes, alojamiento, manutención, envío de ejemplares por mensajería, encuentros con libreros y distribuidores… Todo a cargo de su bolsillo. Es decir: nos encontramos ante una especie de “autoedición” o “coedición” solapada, en la que el autor, en vez de poner dinero por delante para ver su obra publicada, lo invierte después para conseguir —al menos intentarlo—, que el mismo libro no se muera de asco en los almacenes de las empresas distribuidoras, o dure semana y media en la sección de novedades de las librerías. Esa es la realidad que nos encontramos. Ni siquiera las novelas que han recibido un premio más o menos importante cuentan con el beneficio de una promoción generosa. Si el autor quiere que su obra llegue al público lector, debe convertirse en propagandista de sí mismo. Si no tiene medios para costearse giras promocionales, siempre le quedan las redes sociales.

Por supuesto que Internet es otro mundo y ofrece otras posibilidades, y por eso mismo todos los autores literarios, sean exitosos o no, aspiren a mucho o a muy poco, cuidan su presencia en la esfera virtual: redes, blogs, páginas web, revistas digitales, encuentros on-line con lectores, cursos de escritura, etc, etc… Pero esa es otra parte de la asignatura. De momento, me centro en la evidencia: hoy, publicar no sólo exige el esfuerzo de escribir sino que el autor debe plantearse una inversión económica, la cual puede ser grande o pequeña, dependiendo de muchos factores. Sobre este respecto, la realidad, de nuevo tozuda, nos indica que dedicar mucho o poco al capítulo dinerario no es decisivo: lo que en verdad debería importar es que la inversión resulte proporcionada, es decir: rentable. Y que la obra literaria merezca esos esfuerzos.

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