Granada en superficie

Más de cuatro años sin volver a Granada es demasiado para quien ha vivido más de cuarenta en nuestra ciudad. Desde Sevilla no era grande la distancia —kilométricamente hablando, se entiende—, pero desde Barcelona y La Coruña, ciudades que me acogieron entre avatares, el asunto se complicaba. Desde Tenerife, Granada es un propósito como una voluntad de acudir por encima de todo. Por fin, una primavera y un mes de abril han sido generosos: dos viajes de varios días para atender compromisos muy gratos. El mejor de todos, los amigos que siempre esperan, siempre están ahí y siempre me acogen con el cariño de quienes llevan años sin verme y toda la vida apreciándome. Lo mejor.

Después de lo mejor, la ciudad. Cómo ha cambiado. Aquella última Granada conocida, levantada en escombreras, vallada, ruidosa, intransitable en automóvil, desesperante para los peatones que atravesaban zanjas resignadamente, acostumbrados a habitar un territorio en guerra consigo mismo, se ha convertido en un entorno pacífico, ordenado, bastante amable con los usuarios del coche e ideal para los paseantes. Por ventura, la neurótica lentitud de las obras del tranvía —o metro de superficie, o como haya terminado por llamarse —, acabó como todas las cosas bien resueltas, nunca es tarde si la dicha es buena, etc. Ahora, Granada es paraíso abierto a caminantes. Puede que exagere, que la agradable sorpresa de encontrar, al fin, un ámbito acogedor bajo la sombra de la Alhambra me haga elevar dos o tres puntos el dial de mi entusiasmo. Mas no lo niego: me ha cautivado, de nuevo enamorado esta Granada de calles peatonales y plazas a las que ha vuelto el trino de los pájaros, de las que queda lejos el fragor de las taladradoras.

Casi todo ha cambiado, cierto, aunque ese “casi todo” es como el tranvía: acude sobre la superficie, apenas susurrado desde el espíritu del lugar. Lo demás sigue más o menos como siempre: encantadoramente local, encantadoramente ensimismado, entrañablemente “granadino”. Sólo algunas —pocas— novedades de verdadera relevancia me llegaron desde Granada en estos últimos años: la consagración de Ángeles Mora como la poeta de más calado de su generación, el crecimiento como autor y novelista de Miguel Arnas Coronado y, última, maravillosa sorpresa, la irrupción de Jorge Fernández Bustos en la narrativa —¿local?-—, con una voz tan propia, tan sugeridora y brillante, que descubrirlo y sentirme partícipe de una aventura cercana fueron efectos inmediatos.

Jorge merece el punto y aparte anterior. A los pocos días de aparecer su segunda novela, “El ciego de Delos”, recibí llamadas y mensajes de amigos, desde Valencia, Barcelona y Santiago de Compostela. El editor de la última obra póstuma de Álvaro Cunqueiro, José Antonio López Silva, se reconoce extasiado por “Septimio de Ilíberis” y “engatusado” por la lectura de “El ciego de Delos”. Me dice: “Hay que hacer algo, pronto… La próxima novela de tu amigo tiene que publicarse en una editorial que facilite el recorrido que merece”. Lo de “amigo” me enternece. Apenas conozco a Jorge Fernández Bustos. Alguna vez habremos coincidido en algún sarao cultureta y nada más. Sin embargo… Qué bien lo conozco a través de sus novelas; y cómo me perturba que un autor de su capacidad se las vea y desee para publicarlas. Los tiempos no son buenos para el arte narrativo, pero lo de Jorge clama al cielo. ¿No hay en Granada quien pueda echar un cable, o dos, al escritor más destacado surgido en estos entornos en los últimos veinte años? Me hagan el favor. Yo me devano el cacumen, igual que mis amigos de Valencia, Barcelona, Santiago... Pero viviendo como vivo en un volcán, en medio del Atlántico, tengo las olas contadas.

Léanlo —“Septimio de Ilíberis”, “El ciego de Delos”—, y después me digan si merecería la pena trabajar en serio por el reconocimiento de este autor; por no quedarnos en la superficie de las cosas, por devolver lo que es suyo al espíritu del lugar.

Publicado en IDEAL de Granada, 10/05/2018
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