El sitio de Baler

Los datos de publicación/edición, lectores y ventas indican que el fenómeno de la novela histórica se encuentra en retroceso en toda Europa, excepto en España, donde el género sigue disfrutando de magnífica salud. A nuestros vecinos continentales ahora les va más el morbo policíaco, el “thriller” y la novela romántica. En España nos sigue encandilando la historia, concretamente la reescritura de la historia por medio de tramas de ficción donde, al final, suelen ganar los buenos y reciben su merecido los malos. Ya se dijo: ficción. Y de esa ficción que nos maravilla y con tanta frecuencia nos seduce, lo importante de cara al éxito editorial suele ser la ambientación, lo que los aficionados y amantes del género llaman “documentación”. Siempre me ha parecido pintoresco que se atribuya a una novela histórica, como mérito singular, estar “bien documentada”. La obviedad nos remite casi al absurdo: si no hay previa y minuciosa documentación, no hay novela histórica. Puede haber novela, en todo caso, mas liberada de etiquetas a las que agarrarse. Todo lo cual establece —atendiendo al gusto de los lectores, como indicaba —, una paradoja insoslayable: el público apetece novelas históricas bien documentadas pero que al mismo tiempo relaten los hechos —históricos —, acomodados a su gusto. O sea: pájaros y huevos.

He tenido ocasión, en los últimos tiempos, de reflexionar sobre este asunto a veces peliagudo, lleno de “sensibilidades”, sobre todo a raíz de dos obras de las que he sido espectador y lector: la película “1898. Los últimos de Filipinas” (Salvador Calvo, 2016), y la crónica “El sitio de Baler. Notas y recuerdos” (General Saturnino Cerezo, 1904. Facsímil, Ed. EAS, 2016). La película de Calvo es una aventura colonial embutida de ideología contemporánea y convenientemente salpicada de bondad antimilitarista. O sea, y por decirlo con diplomacia: un panfleto. Muy bien ambientada, eso sí; muy bien documentada, con una magnífica fotografía y actores más que solventes. Pero panfleto. Los militares de graduación son malos por naturaleza, racistas, tiránicos y crueles; y los pobres soldaditos enviados al quinto infierno para defender un imperio inviable, desdichadas víctimas de un sistema injusto, etc, etc. El libro del general Cerezo —segundo teniente en aquellas fechas y comandante del puesto de Baler tras el fallecimiento del teniente Juan Alonso Zayas —, no es que esté bien documentado, sino que traza con lógica precisión un testimonio irreprochable, de primera mano, a cargo del principal responsable de la defensa de aquella posición durante los 337 días que duró el asedio. No falta un dato ni sobra una palabra en la prosa concisa, escrupulosa en lo descriptivo, inventarial a veces, del autor de estas memorias. Sin embargo, no es necesario preguntarse por el destino comercial de esta “fotografía sobre el terreno” que es el libro de Cerezo. De “Los últimos de Filipinas” interesa la leyenda, para ensalzarla o execrarla según nuestra costumbre nacional. La historia desnuda y cruda es cuestión muy diferente. Lo “bien documentado”, en este caso, se desmorona ante la falta de atractivo doctrinal/mitológico de la mera realidad. Sin (re)interpretación, la historia no nos resulta atractiva. Quizás ese sea el motivo de que la historia, en justa correspondencia, tampoco haya tratado muy bien a los españoles. No me quieres, no te quiero.

El general Cerezo murió en 1945. Seguramente tuvo tiempo de ver estrenada la versión cinematográfica, “patriótica”, de su libro. La película, dirigida por Antonio Román, se estrenó en marzo del mismo año. Ese consuelo tendría el bueno de Cerezo, porque su libro, el reportaje más valioso que existe sobre aquellos acontecimientos de Baler, gustó en 1904 lo mismo que ahora. Un bonobús familiar pasa por más manos. Lo cual me indica, de nuevo, que para los lectores españoles y en lo que concierne al género narrativo denominado “novela histórica”, todo lo que no es ficción es decorado. En el fondo, todo prescindible, tanto la ficción como el decorado. Y esa es mi congoja.


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