Un paraíso de palabras mudas para niños

El antropólogo y catedrático José Antonio González Alcantud afirma, porque puede demostrarlo, que la mayoría de los poetas son unos farsantes. Menos mi madre y mi hermana, todas putas (ahora vas y lo tuiteas); menos Miguel Hernández, todos farsantes. Los baudelerianos por exponer su alma y lo poco que les queda de intimidad, impúdicamente (aunque no hace falta decirlo: impúdicamente), a cambio de la gloria o la posibilidad de la gloria, o la esperanza de gloria, o el anhelo delirante de gloria. Los sociales, peor: cuanto más sociales y más ejemplares, más farsantes; cuanto más comprometidos más farsantes; cuanto más en la lucha final, más farsantes. Esos no quieren la gloria sino la nata de la gloria, el galardón y el bolo. Menos mi madre y mi hermana y Celaya, todos unos farsantes. Luego están los poetas que pasan un año escribiendo poesía y repulen cada verso y cuando ya lo tienen todo dispuesto para (digamos, por ejemplo), empezar a dar el coñazo, exhibir el alma o dar ejemplo a las masas, en vez de eso, tan ilusos, me envían su libro. ¡Me envían su libro, a mí, que vivo en una isla en medio de un océano más grande que el ego de la mayoría de los poetas farsantes! Son los poetas de la poesía, ni baudelerianos ni sociales ni de conocimiento del medio. Son los poetas de la poesía, no los poetas de la vida (cosa será eso), ni del alma (cosa será eso), ni del conocimiento y la conciencia (cosa será eso). Los que todo se lo deben a la poesía y no tienen medio cobre en los bolsillos del corazón para ajustar el excedido, nada que devolver a nadie, nada que responder, apenas nada que preguntar. Como dice Antonio Enrique: "Has llegado al corazón/ del horror. Pero el horror/ no tiene corazón. El corazón/ del horror es un campo desnudo". Como dice Pedro López Ávila: "Ya no somos nosotros". Esto sí es un buen principio. La poesía no está para dar ejemplo de nada (mucho menos los poetas, esos farsantes); ni para responder ninguna pregunta ni responder las dudas de ningún pendejo con dudas; ni para echarse novia. Está para lo que se sabe que puede estar sin hacer el indio: nombrar lo que no puede nombrarse y decir sin palabras o con otras palabras lo que no puede decirse con palabras. A ver si nos vamos enterando: Ya No Somos Nosotros.

Lo demás, artificios.

Lo demás, prolegómenos y abuso del arte tipográfico. Un horror de esos que ni siquiera tienen la decencia de ser un campo desnudo.

A lo mejor, entonces, con ese material y desde ese punto de partida, alguien es capaz de escribir poesía. Menos Miguel Hernández y los que envían libros a una isla bajo un volcán en el Atlántico, porque la poesía se escribe para enviarla a una isla bajo un volcán en el Atlántico (que es un océano muy grande, con sus islas y sus volcanes), y si no se escribe para eso no merece la pena escribir (poesía), decía, menos esa poesía, todas putas. (Ahora vas y lo tuiteas).
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About Actas de noviembre

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