Las cicatrices de la tormenta

Jofre Isern ama su vida y la vida, en correspondencia, parece estar enamorada de él. No me quedo corto: enamorada. Isern es la última y aclamada revelación literaria en el género del terror, sus novelas y psicotrhillers sobre asuntos fantásticos, espeluznantes y macabros se cuentan por éxitos; ha ganado todos los premios habidos y por haber (me refiero a los importantes), la crítica lo adora y el público lo venera. En el ámbito de las letras catalanas, es una absoluta celebridad. Y para colmo, no hay chica guapa que se le resista. Echa el ojo a la despampanante Aina, pintora también de éxito (esta historia empieza como debe ser, como una historia de gente guapa y ganadora), y la atractiva artista cae en sus brazos porque hay una ley natural, o cósmica, o qué sé yo, que anima vigorosamente a unirse los espíritus mimados por los dioses.

No he conocido un autor más envidiable, salvo, quizás, Ray Loriga en sus tiempos de pareja con Cristina Rosenvinge (más por la moza que por los talentos literarios y éxitos profesionales del chaval, todo hay que decirlo). Aunque hay algunas distancias entre Loriga y Jofre Isern. La primera, que el madrileño existió (creo que sigue existiendo), y el barcelonés es un personaje creado por Octavi Franch; la segunda, que Ray Loriga es forofo del Real Madrid, cosa bastante improbable en Isern; y la tercera y más importante: Loriga nunca pasó por el trance, a Dios gracias y por fortuna para él, de encontrarse con su Némesis fatal. Jofre Isern, sí. En serio: pasó por ese mal trago.

Decía antes, porque es verdad, que no he conocido autor más envidiable. Tampoco tengo noticias de un autor con tan mala suerte, salvo el infeliz Paul Sheldon, el talentoso escritor de novelas románticas ideado por Stephen King, caído hasta lo hondo del horror bajo los cuidados de su más fiel hooligan, Annie Wilkies. A Jofre Isern va a sucederle algo semejante. Justo cuando la vida más le sonríe, en ese momento poético de plenitud que Paul Sheldon escenificaba encendiendo un cigarrillo tras concluir cada una de sus novelas de amor y lujo, recibe Isern una carta de un despacho de abogados. Su padre acaba de morir y le ha dejado una extraña herencia, la cual aguarda en un contenedor del puerto de Barcelona, esperando que alguien (Isern mismo) la abra como suele abrirse la caja de Pandora: para desencadenar el caos.

Un autor de novelas de terror se enfrenta al terror de verdad, y descubre que lo grotesco y lo cruel, lo homicida y sanguinario, siempre ha estado ante él, como sombra indetectable en su aparente vida perfecta, como imagen en el espejo que algún hechizo vampírico hubiera preservado tras la virtud de lo invisible... hasta el momento oportuno. Eso es, a grandes rasgos, Las cicatrices de la tormenta: un relato sobre la posibilidad de lo atroz y el espanto de su aliento familiar. A fin de cuentas, todos tenemos un hermano gemelo que duerme en nosotros mismos y que en ocasiones despierta.

Las cicatrices de la tormenta es la primera novela en castellano de Octavi Franch.

Que no sea la última ni la penúltima. Octavi Franch sabe lo que se hace y sus lectores merecen más sombras y más espejos atiborrados de amenazadoras imágenes invisibles.

No se la pierdan.

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