Lugares, gente de aquí y de allá

El patio de Lizarrán en la T1 de Barcelona; el limpiabotas que trabaja a la entrada de la estación de Mery Lebone, en Londres; la cabina de teléfonos del Paseo Garbí en Castelldefels;  la esquina con el Bernesga en el Hostal de San Marcos, en León, del que afirmó Quevedo ser "el lugar más frío de España"; el camarero amigo de La Tertulia, en Granada, que nos invitó y me hizo quedar de la hostia cuando intentaba ligar con Sonia; la estación Méndez Álvaro, en Madrid, con sus carteristas rumanos y sus conductores chuletas; la pescatera de la Boquería de Barcelona que nos cobró 90 euros por dos sepias y un kilo de boquerones; la Plaza del Retiro de Bellavista, en Sevilla, con sus niños gritones y sus jubilados más gritones todavía; la tumba de Yvan Goll, en el cementerio Père Lachaise de París, con el epitafio "«No habré durado más que la espuma/ de los labios de la ola sobre la arena/ Nacido bajo ninguna estrella una tarde sin luna/ Mi nombre sólo fue una lágrima pasajera»; la Cueva de la Batida, en Carmona, que es el molde calizo de donde se sacó la ciudad; la Puerta de los Leones, en Micenas, donde el sol enloquece y mata de vez en cuando; el cabo de San Vicente, en el Algarve, donde encontré al doble de mi padre o, según Sonia, "tú con treinta kilos más"; el kebah Tip Top de Arteixo, donde me escapaba para pertrechar las sesiones domiciliarias de "Lost"; la librería del aeropuerto de Culleredo, tan pequeño, tan bien surtida; la farmacéutica de Llucmajor, en Mallorca, que me fotocopiaba las recetas para que no tuviese que volver al médico a repetirlas (esto es un poco ilegal, pero bueno, donde hay buena voluntad...); el arquitecto Swacht, senior en el estudio de Bofill, que se emocionó cuando le regalé un ejemplar de Los fantasmas del Retiro; la catedral de San Vito, en Praga, que es un pórtico muy grande hacia un sitio tan pequeño como el Callejón del Oro; el bar "El precio justo", de Golete, en Tenerife, donde Enrique Maestro y el Negrito del Escobonal cantaban a dúo; el taller oficial de WMB en Salónica, Grecia, donde un par de amortiguadores para una RT-R80 costaban lo que unos patines en España; las cuestas de High Wycombe, por donde pasearán los muertos cuando ya no quepan en el infierno, según profetizó George A. Romero; Bibliocafé, en Valencia, donde sólo Paul Preston pudo convocar a más valencianos que yo, aunque la mayoría no eran Pascuales, o sea, nada; la heladería del Puertito de Güímar, paraíso renacido del gran arte del tiramisú; el Panteón de Agripa, en Roma, donde se reparten entradas para recitales de ópera en la iglesia metodista de la vía Prenestina; el paseo Fred Olsen de San Sebastián de la Gomera, donde se toma el barco de regreso al mundo, porque ir hasta allí, ya ves: será por ir...
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About Actas de noviembre

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