El contador de olas

Llevo seis meses asomado al mar, en una isla que sirve de sustento poroso y lava endurecida a la cima de una inmensa montaña, el volcán sobre el océano. Seis meses en los que aparte de recorrer la autovía que circunda este pequeño trozo de tierra firme, ir de vez en cuando a hacer la compra, leer unos cuantos libros y ver unas cuantas películas, apenas he hecho nada que merezca ser relatado. Hace un par de semanas, una mañana de domingo, escuché con delectación y no pocas emociones revividas la versión de Jean Pierre Ponnelle de Las bodas de Fígaro, y aquella sesión intensa de mi músico predilecto me supo a triunfo sobre la reconcentrada calma de los días. Al dulce fare niente, en ocasiones, le viene bien un desperezo y un esfuerzo, aunque sea tan mínimo como pararse en Mozart y abandonarse (otra vez) al compás del tiempo aparecido en la espuma de las olas y en el secreto de una voz como la de Kiri Te Kanawa.


A estar y dejar que todo suceda le llaman, en esta parte del mundo, "la vida en cholas". Y es cierto que llevo seis meses calzando cholas, salvo excepciones de algún compromiso social que ha exigido otra vestimenta a mis pies, por lo general zapatillas deportivas. Es la gran ventaja de tener pies y no raíces: uno puede empezar a sentirse eso mismo, uno, en cuanto echa la vista abajo y se descubre los dedos desnudos. Tener pies y no raíces es importante. La gente que tiene raíces tarda mucho en advertirse a sí misma y da muchas vueltas a la cabeza hasta que comprenden quiénes son y para qué están en este mundo. Al final, casi todos aceptan que lo idóneo sería haber empezado por las plantas de los pies en vez de por el rizoma. La botánica, con ser una ciencia muy noble, siempre me resultó menos interesante que la anatomía humana.

 Aunque no se trata exactamente de no hacer nada, como podría sugerir la invitación a llevar la vida en cholas, sino de permitir que las cosas sucedan y tomarlas firme, con el poco de entusiasmo y el justo vigor que se necesitan para resistir, por ejemplo, los vientos de la isla (unos vientos muy machos en ocasiones, con mano de alisio y abrazo de amistad poco recomendable). Eso debe de ser: tomarla como llega y observar atento. Así concluye la crónica: apenas he hecho nada pero sí me han ocurrido cosas importantes. Una novela va a salir de mi escritorio a la editorial, y de allí a las librerías. Y otra cosa más, y mucho más importante...

Lo último (creo que definitivo) importante de mi vida en cholas, bajo la sombra poderosa de la gran montaña que es la cima de una inmensa montaña y culmina en el ojo algo tirano de un volcán, un poco zarandeado por el viento atlántico, es todavía una ilusión compartida hora por hora con la mujer a la que amo. Sólo eso, aún. Dentro de siete meses y medio, si todo va como debe, esa esperanza culminará nuestra certidumbre y tendrá nombre y apellidos.

Es privilegio de la vida en cholas: no hay que obsesionarse por buscar los estímulos que toda existencia necesita para mantenerse apetecible. Siempre llegan, sean o no convocados. Llegan, seguro, como llegan las olas. Nadie vio nunca detenerse el vaivén de las olas ni se escuchó jamás el silencio en orillas del océano, donde se pueden meter los pies desnudos cuando plazca y siempre acude desnudo el rumor del oleaje.

Comentarios