La libertad de expresión, a menudo, consiste en decir lo que la gente no quiere oír.
(G. Orwell)

Cine español (con perdón por el oxímoron)

El cine español continua cabalgando imparable sobre la espuma de la banalidad portentosa (y barata de hacer). De la comedia urbana a la comedia rural (con brujas o con paletos salidos, o con las dos cosas); del costumbrismo local al prodigio de "españolear" en Nueva York (algo duro de cojones, creo). Debe de costarles un montón ponerse ceñudos y en plan concienciado una vez al año, en la entrega de los Goya. Aunque a lo mejor eso explica la autocomplacencia histérica con que se homenajean unos a otros mientras reparten coces al gobierno de turno. Es como quemarse con la plancha, una punzada de realidad como dolor de viuda: intenso aunque breve. Y bien plañido, eso sí.

Vivimos una época excepcional en muchos sentidos, la cual podría tener reflejo en películas más o menos a la altura de los tiempos. Pero nuestro cine continua anclado en la fórmula de los años 80: cuatro actores, un guión gracioso y tierno, un par de localizaciones, una buena subvención y hala, para adelante como los de Alicante, que lo demás es cosa de genio y raza.

Mortal por lo aburrido, cateto por lo ñoño, fofo como una novela de Corín Tellado, el cine español sólo tiene una ventaja: aunque no valga nada, cuesta muy poco. Cualquier película de Torrente tiene más carga de profundidad, más realidad y mala leche social que los cucharadones de mermelada habituales. Con su pan se lo coman. Llevo treinta años sin ir al cine a ver una película española, y el que viene haré treinta y uno.
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About Actas de noviembre

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