El mejor lugar de España

Hablando con rigor, no está en España, ni en Cataluña, ni en Barcelona. Está en el aeropuerto del Prat, que es tierra de nadie. Un lugar al que nadie pertenece, en una situación de ir y venir de la que nadie se ha librado ni ha ido y venido todavía, un no ser propiamente en el tránsito. Siempre he mantenido que es el mejor lugar de España, probablemente uno de los más agradables del mundo.

El espacio es amplio para fumadores, el clima resulta agradable por lo general, muy cerca hay unos cuantos comederos decentes, cabinas para recargar el móvil, toiletes relimpias y paneles de información sobre vuelos. No se puede pedir más.

La gente que acompaña en la espera siempre es desconocida, siempre habla otro idioma, siempre está tranquila como resignada al inmediato destino, que es partir. Fuman parsimoniosos, conversan entre ellos, consultan el reloj, teclean en sus iPhones y smartphones... Algunos se tumban junto al seto y descabezan un sueño. Todos aguardamos la sorpresa repetida de un viaje previsto. Como la muerte, claro está. Las salas de espera habilitadas para los difuntos recientes deben de parecerse a la terraza del Lizarrán en el Prat como el as de oros a un huevo frito. Un sitio como ese es un pacto y una soberana reconciliación con la idea de partir y morir en paz, después del último cigarrillo y el último mensaje en facebook: "Adiós, lucero de mis noches".

Después, el más allá. Otro sitio que ha dejado de ser incierto: los teólogos de Google están a punto de demostrar que los buenos creyentes, tras su cabal espiración, van al iCloud o al OneDrive, según el gusto de cada uno. No hay más debate, y al que no crea que le den uno de esos horrendos móviles de sustitución, a ver qué tal le sienta. Se convierte en media hora. Y al cielo.


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About Actas de noviembre

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